jueves, 4 de marzo de 2010
Allí en una plaza tal vez un miércoles a finales de febrero.
Allí en una plaza, rodeado de sonido, rodeado todo más bien de silencio, de silencio ya que esta plaza no se hizo para gritar. Como si hubiese sido a propósito, para que no pudiésemos reunirnos en tan gran número a decir lo que decimos a pesar de todo. ¡Y es que las plazas en las universidades deberían tener acústica como para una orquesta! ¡Que el que en un punto se pare, con la voz como una llama, en todas parte reverbere! Afortunadamente no contaban con los megáfonos en aquellos tiempos en los que la querida institución era tan solo las facultades de... tres cosas (¿Cuantos van? ¿170 años desde que te llamó la ley por un nombre un tanto distinto al que hoy tienes?).
Allí en una plaza pues, rodeado de un tan sordo sonido, que de haber uno estado acostado en una gruta en el principio de los tiempos humanos hubiese jurado que era algún alacrán, y se hubiese uno sobresaltado, cogido la piedra a un costado y tratado de matar al tal animal para evitar una muerte certera en épocas en las que se era anciano a los treinta; Mas de haber uno estado recostado en una hamaca a la sombra de una palmera, entre la playa y la vorágine, no hubiese uno creído haber escuchado otra cosa más que otro grillo, estando allí donde el veneno no habita ni en serpientes ni arañas.
Allí pues CARAJO! en ese lugar, en esa plaza: Comíamos Pizza Santiago y yo, esperando el tiempo de partir, escuchamos una de las constantes expresiones que el arte demanda de las mentes de los que allí habitamos (y demanda el arte, tanto expresar como que se nos exprese cualquier cosa). Lo que no podría caracterizar de otro modo que diciendo "un par de Payasos dark". Un dúo (o más bien un trío) de estos ridículos intencionales que nos gritaban a cuantos nos íbamos sentando o parando del "escenario" o más bien... puerta de la biblioteca, cualquier cosa poco amable que se les viniese en mente. Con la intención de hacernos reír a todos con la irreverencia permitida a los que todo lo pueden decir, cuando se disfrazan y ocultan (o más bien liberan) sus verdaderos rostros bajo (o sobre) una máscara grotesca.
Estallamos de risa muchas veces mientras a uno de estos se le ocurría meterse entre el gentío e insistir a uno de los asistentes que lo desnudara mientras que el que había acompañado aquí al asistente del que era requerida la "cortesía", parecía desaparecer bajo el rojo de su propio rostro desfigurado por el ataque de risa más extremo. Que lo desnudara era una exageración, tan solo requería del que le quitara la chaqueta, usando palabras propias del extravagante oficio. Mas la insistente distancia que ponía el asistente respecto a este bufón de incierta sexualidad (por lo menos en lo que al papel representado se refiere) no hizo sino aguzar el ridículo que le hiciera pasar allí el payaso. El cual le restregó las asentaderas por entre las narices (¡y olió flores!). Y a modo de despedida intentó, agarrándole el rostro con ambas manos, darle un beso con muy clara intención, lo cual se notaba en la fuerza que en ello ponían sus brazos, aunque en vano, ya que él lo repelía haciendo fuerza con los músculos de su cuello en dirección contraria, sin que este usara nunca (que divertido en verdad) las manos.
En el interludio de estos dos episodio es IMPERIOSO, realmente imperioso contarles que nuestros inventos (a saber los payasos), hicieron salir por levitación, de una caja larga, e inmóvil desde hacía un buen momento (luego notaría que la caja había dejado sus zapatos en el costado oculto al público de su cuerpo-caja) , un diábolo que nuestro exhibicionista dominaba poco, ya que eran tan extremos los efectos que con ellos intentaba y a menudo lograba, que, muchas veces fallaba, provocando que su compañero comenzara a bailar a manera de distracción haciéndonos reír de buena gana. Mas era tal la destreza de los intentos, que terminaron dejándonos a todos aplaudiendo y por lo menos a mí, estupefacto en más de una ocasión (¡Humor y arte bien logrados en verdad!).
Por la falda, que cuando ya lejos del espectáculo y queriendo observar su evolución volteé y vi, supe cual era el sexo de la caja que ahora yacía vacía a los pies de la aparición de falda
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